Cuba:
La compleja coyuntura
Haroldo Dilla
El mundo no es sencillo. No es explicable
en los dos tonos contrapuestos que hacen las delicias de los pensamientos
simples. En verdad nunca lo ha sido, pero lo es hoy menos que nunca.
Y no hay razones para creer que Cuba sea una excepción. Nuevamente
la isla caribeña se ha colocado en un plano relevante de los
debates mundiales, sea porque duele como duele a Eduardo Galeano; porque
se lleve siempre en el corazón, como advierte Díaz Polanco;
porque invita al desplante de «quedarse» al estilo de José
Saramago; o porque siempre está, según el decir del locuaz
James Petras «en la primera línea de todas las luchas».
No es en verdad una situación absolutamente nueva. Varias generaciones
de cubanos han experimentado por décadas el exaltante placer
de ver a su país desempeñar roles internacionales que
sobrepasan con mucho las dimensiones de la isla, lo que probablemente
explica la alta autoestima que los cubanos y cubanas pasean por el mundo.
Sólo que ahora no se trata de muchas medallas olímpicas
ni de sonadas victorias militares, sino del desencadenamiento de hechos
lamentables que han colocado al país en una situación
defensiva en un contexto internacional particularmente adverso.
Los hechos son perfectamente conocidos y me limito ahora a describirlos
sin más comentario. El 18 de marzo de 2003 fueron detenidos 32
activistas de la fragmentada oposición organizada, todos los
cuales habían estado en una reunión con el nuevo jefe
de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana. Al día
siguiente fueron detenidos otros 33, acusados de recibir dinero del
gobierno norteamericano o de agencias de éste, y así sucesivamente
hasta el número de 75 detenidos. En 29 juicios sumarios, celebrados
en el curso de unos pocos días, estas personas fueron condenadas
a penas oscilantes entre 6 y 28 años. Al mismo tiempo se habían
producido dos secuestros de aviones con pasajeros por parte de ciudadanos
deseosos de emigrar y acogerse a la Ley del Ajuste Cubano, que otorga
a los cubanos que pisan suelo estadounidense el derecho al asilo y en
un año también la residencia. El 2 de abril de 2003 un
grupo de personas, en su mayoría jóvenes, secuestró
una de las endebles lanchas que hacen el cruce de pasajeros entre diferentes
puntos de la bahía de La Habana, y tomó destino norte.
La lancha quedó varada sin combustible a 45 kilómetros
de Cuba y fue remolcada a puerto cubano. Los secuestradores iban armados
pero no hicieron daño a ningún rehén. Fueron capturados
el día 4, procesados mediante juicios sumarios el 8, y tres de
ellos fusilados el día 10 de abril; en el tiempo galáctico
de una semana.
Cuanto menos fue una condensación represiva poco usual. Las reacciones
resultaron diversas, provocando entre intelectuales y políticos
de izquierda una intensa escaramuza de artículos, proclamas y
opiniones que indicaban un amplio espectro de posiciones delimitado
por dos acotaciones extremas: la condena unilateral a la represión
o el apoyo incondicional a las políticas del gobierno cubano
frente a la injerencia americana, sea aceptando como legítimos
los encarcelamientos y fusilamientos o simplemente omitiéndolos
de toda consideración. La prensa cubana, por su parte, sólo
recogió la parte favorable del espectro y endilgó a todo
el espacio crítico restante dos posibles calificativos –confundidos
o traidores–, y en cualquier caso, cómplices de la agresión
mediática imperialista. Un funcionario cultural, en un evidente
tránsito desde «el exceso de virtud al desenfreno del pecado»,
sintetizaba así su posición:
En el sustento ideológico de la campaña anticubana...
que los medios al servicio del imperio amplifican con pérfida
fruición, tiene lugar la coincidencia entre individuos que se
formaron tradicionalmente en las izquierdas y aquellos que, desde el
respaldo inequívoco al orden capitalista, nos ofrecen la limitación
de la soberanía como una solución. Unos y otros protagonizan
una elemental consecuencia de la supremacía imperial y su dominación
mediática: oponer a la Revolución la supuesta condición
libertaria de las esencias del capitalismo. (Fernando Rojas: «Rosa,
Vladimir, las derechas y las izquierdas» en http://www.lajiribilla.cubaweb.cu)
O sea, que por decreto del inspirado funcionario, la izquierda pasa
a ser derecha, la derecha se queda en su lugar y todos se convierten
en mercenarios mentales del imperio. Sólo olvidó mencionar
a Judas y las 30 monedas de plata.
Los escenarios de la coyuntura
Desde mediados del último mandato de Clinton, y como
una respuesta al evidente debilitamiento del bloqueo, el gobierno cubano
comenzó a implementar una estrategia dirigida a ganar apoyos
para administrar cualquier proceso de normalización de relaciones
sin hacer concesiones políticas. Un pivote clave de esta estrategia
ha sido incrementar las compras de productos agrícolas del medio
oeste –un sector económico regularmente republicano–
y por esta vía incentivar el apoyo de sectores empresariales
norteamericanos interesados en el mercado cubano, eventualmente un lobby
económico antibloqueo, muy efectivo en un país que prioriza
a los clientes sobre los amigos. Otro pivote ha sido reforzar la alianza
tradicional con los sectores políticos liberales y de izquierda,
opuestos a la injerencia americana en la isla; un lobby menos efectivo
pero de una alta carga simbólica para el mercado político
interno.
Simultáneamente, y con vista a reagrupar sus bases políticas
en tiempos difíciles, los dirigentes cubanos se empeñaron
en una verdadera cruzada de movilizaciones, actos públicos, programas
televisivos, etc., tomando como centro temas de profunda sensibilidad
nacionalista, tales como el caso del niño Elián González
o el actual encarcelamiento en condiciones francamente abusivas de cinco
jóvenes cubanos acusados de espionaje en Estados Unidos. Con
el tiempo, esta serie de acciones fue tomando cuerpo en lo que el presidente
cubano ha denominado «la batalla de ideas», una justa reacción
al predominio a escala mundial de la ideología mercantilista
neoliberal, pero que contiene la contradicción de reclamar espacios
alternativos al «pensamiento único» en el plano internacional,
al mismo tiempo que entroniza un pensamiento único en el plano
doméstico sin espacios para la discrepancia.
El ascenso a la Casa Blanca del team de halcones unilateralistas que
preside George W. Bush, cambió las coordenadas del escenario.
No tanto porque sea un grupo político de particular devoción
derechista –un cruzado conservador como John Aschroft fue un activo
opositor al bloqueo desde su anterior posición senatorial–
sino por sus vínculos conocidos con el estado de lorida, y por
la incorporación a sus filas de figuras con pedigríes
dignos de los tiempos del Gran Garrote y firmemente ligados a la ultraderecha
cubano-americana. Aunque en sus inicios el gobierno cubano se esforzó
por mantener una posición de colaboración mucho más
pragmática que la mantenida con la Administración predecesora,
la Administración Bush/Cheney fue poco receptiva a las señales
de La Habana. Sin embargo habría que reconocer que esta Administración
ha hecho poco por endurecer las condiciones del bloqueo económico
y por lo general se ha movido en la misma dirección que su predecesora,
rumbo imprescindible si no quiere afectar sus bases políticas
de granjeros y comerciantes agrícolas o crearse nuevas tensiones
con sus aliados europeos y norteamericanos en torno de la cavernaria
ley Helms-Burton. A cambio, ha incrementado su retórica agresiva,
las transmisiones radiales y acentuado sus relaciones con los grupos
de oposición interna, las principales concesiones a sus ruidosos
partidarios del sur de la Florida.
Es en este contexto cuando llega a Cuba James Cason como jefe de la
Oficina de Intereses de EE.UU. en La Habana. El comportamiento de Cason
no ha podido ser más propio de un jinete de Teddy Roosevelt.
Bajo su mando esta oficina arreció su relación con los
pequeños grupos de oposición y organizó varias
reuniones y talleres en su propia residencia, hechos estos últimos
que catalizaron la acción represiva del gobierno cubano. La actividad
de Cason merecería un análisis más cuidadoso. No
sería absurdo pensar que Cason creyó que con su apoyo
la oposición organizada podría rebasar su estado larvario
y devenir en una fuerza decisiva de la política cubana, y por
esa misma vía investir a EE.UU. con el estatus de actor interno
de la política insular. Es un tipo de pensamiento simple y usual
en las formulaciones norteamericanas; en última instancia habría
que reconocer que la estupidez también tiene un lugar en la historia.
Pero también cabe imaginar un diseño político más
sofisticado en el que los disidentes fueron previstos como un «daño
colateral» en una maniobra dirigida a provocar la represión
y acentuar el aislamiento internacional de Cuba, particularmente en
momentos cuando la Unión Europea abría su primera legación
en la isla. Si fuera así, al menos parcialmente, Cason cumplió
su objetivo amparado en el viejo axioma que afirma que en política
todos los extremistas terminan dándose las manos, aunque lo hagan
hablando en prosa sin sospecharlo, como el personaje de Moliere. No
olvidemos que en los grupos opositores involucrados había varios
agentes de la seguridad cubana, que no eran simples miembros, sino dirigentes
superiores, y que uno de ellos fue el organizador de la reunión
que detonó la situación. Una oficial infiltrada, que dirigía
dos organizaciones y tenía un pase abierto para entrar en la
oficina de intereses americana, afirmó que con el encarcelamiento
de los 75 activistas se había acabado para siempre la actividad
disidente en Cuba. Otro pensamiento simple que la prensa oficial cubana
se ocupó de divulgar.
La respuesta del gobierno cubano a la reacción internacional
adversa a los encarcelamientos y fusilamientos ha sido el endurecimiento
de posiciones. Amparado en una supuesta inminente agresión militar
norteamericana, ha anatematizado a todos los críticos culpándoles
de potencial complicidad con los agresores, ha llamado a una solidaridad
sin condiciones, ha arreciado al interior las convocatorias nacionalistas,
y ha cerrado aún más el espacio del debate crítico.
En diversas comparecencias públicas sus voceros han declarado
que todos los opositores encarcelados eran peones del gobierno americano,
presentando pruebas contundentes en algunos casos pero argumentos risibles
en otros. Han declarado que la pena de muerte aplicada a los secuestradores
fue una acción extrema dirigida a enviar un mensaje firme a Bush
y evitar una crisis migratoria que alentara la agresión norteamericana,
con lo cual también afirman –nuevamente en prosa–
que el Estado cubano tiene la potestad de disponer de la vida de sus
ciudadanos para enviar mensajes políticos a presidentes extranjeros.
No menos significativa ha sido la reiteración de que todo fue
un acto legal, pues las figuras del juicio sumario y de la pena de muerte
existen en Cuba, así como la conocida ley 88 que prevé
sanciones abrumadoras para delitos circunstanciales y sobre bases perceptivas,
con lo cual solamente estaban diciendo –reiteradamente en prosa–
que el sistema legal cubano es parte del problema [Las argumentaciones
oficiales acerca de los procesos contra los opositores pueden encontrarse
en la conferencia de prensa ofrecida por el canciller cubano y publicada
bajo el título de No estamos dispuestos a renunciar a nuestra
soberanía, Editora Política, La Habana, 2003].
De igual manera el gobierno cubano ha insistido en que todos los enjuiciados
–secuestradores y opositores– han gozado de todas las garantías
legales, lo cual es más que dudoso si tomamos en consideración
que entre los momentos de detención y de enjuiciamiento transcurrieron
lapsos de cuatro días a dos semanas, en todos los casos insuficientes
para que un abogado organice adecuadamente la defensa y tenga oportunidad
de discutir su proceso con el defendido. Por ello, antes de cualquier
otra consideración, los opositores deben ser liberados y deben
tener la oportunidad de un juicio justo.
Con los secuestradores fusilados, desafortunadamente, ya no queda casi
nada efectivo por hacer. Por otra parte, si supusiésemos algún
nivel de sofisticación intelectual en Cason, los encarcelamientos
y los fusilamientos debieron provocarle una sonrisa de satisfacción
por el deber cumplido.
Es un lugar común del discurso oficial cubano afirmar que migrantes
y opositores comparten una misma causa de origen: la hostilidad norteamericana
contra Cuba. En el primer caso porque la migración está
determinada por la política norteamericana de alentar salidas
ilegales mediante el atractivo de la Ley de Ajuste Cubano. En el segundo
caso, porque el gobierno norteamericano es quien financia y organiza
a la oposición. Veamos brevemente algunos de estos supuestos.
¿Por qué surge una oposición en Cuba?
No importa cuán creíble pueda resultar para el
lector la información que brinda el gobierno cubano. No tengo
dudas de que existen relaciones no sólo emotivas entre una parte
de los opositores organizados y el gobierno norteamericano. Y si es
así, el gobierno cubano tiene derecho a reprimirles por complicidad
con una potencia enemiga, siempre que se cumplan las garantías
jurídicas elementales. También hay que reconocer que la
obstinada hostilidad norteamericana hacia Cuba condiciona las actitudes
y los alineamientos de este sector político, como de cualquier
otro actor doméstico, incluyendo al propio Gobierno. Y ello implica
la necesaria imposición de acotaciones legales al funcionamiento
de éstos o de otros grupos mientras existan las políticas
hostiles que marcan el diferendo con EE.UU.
Pero no es serio creer que toda la oposición es un producto norteamericano
ni que pueda ser calificada sin distingos como una «quinta columna
al servicio del imperialismo», epíteto que ciertamente
el gobierno cubano ha usado de manera desconsiderada contra sus críticos.
En primer lugar, durante décadas el gobierno norteamericano ha
tratado de fomentar grupos de oposición en Cuba como parte de
su estrategia contra-revolucionaria. Durante los años 60 estos
grupos mostraron una alta capacidad de beligerancia cuya máxima
expresión fue la existencia de partidas de alzados en las montañas
centrales de la isla por espacio de un lustro. Fueron derrotados no
porque EE.UU. los dejara de apoyar ni porque el gobierno cubano realizara
una briosa campaña militar antisubversiva, sino porque perdieron
su base social. Virtualmente no hubo oposición interna en los
70 y 80 (a pesar de la hostilidad norteamericana), y si resurge en los
90 es porque existen condiciones sociales que la generan –quiebra
de expectativas, frustraciones, empobrecimiento, la diversidad creciente
del sujeto social, etc., entre otras posibles variables que escapan
a los objetivos de este artículo.
Dentro de la oposición organizada en Cuba hay grupos que no tienen
vínculos con EE.UU., que han mantenido posiciones verticales
frente a la injerencia norteamericana y que plantean alternativas de
corte socialistas, en ocasiones más socialistas que las que el
propio gobierno cubano propugna. Pero son grupos tan reprimidos y coactados
como cualquier otro. En esta misma línea de análisis,
durante la primera mitad de los 90, en medio de la más dura crisis
económica, la sociedad cubana vivió un momento de debate
protagonizado por grupos académicos, ONGs emergentes, atisbos
de movimientos comunitarios autónomos, etc., y que en todos los
casos se proponía ofrecer ideas para la reproducción del
sistema socialista en la isla. Fue un debate alentado por acciones innovadoras
adoptadas por el Gobierno, sea en el campo político o económico.
Pero ese debate fue duramente cercenado por las autoridades desde mediados
de 1995, utilizando, curiosamente, argumentos cualitativamente similares
a los que se usan hoy contra los opositores. Y al hacerlo, el gobierno
cubano desplazó el debate crítico inevitablemente hacia
la derecha, negativo en términos lógico-formales para
un proyecto político que se denomina de izquierdas, pero perfectamente
entendible para un modo de hacer la política que no admite competencias
legítimas en la producción de ideas. Y siempre un campo
crítico derechista y sospechoso de relaciones con EE.UU. puede
ser reprimido y sobre todo anatematizado con mayor aceptación
pública.
La principal preocupación del gobierno cubano no es la oposición
organizada en sí, sino que ésta pueda conectarse con los
espacios crecientes de descontento y desmovilización que hoy
caracterizan a la sociedad cubana. En las pasadas elecciones, por ejemplo,
algo más de 10% de los electores (un millón de personas)
desafió en voto secreto el mandato del Gobierno de votar por
todos los candidatos presentados (según el eslogan propagandístico,
la única manera de votar «por la patria, la revolución
y el socialismo») [Las elecciones nacionales y provinciales en
Cuba se realizan sobre listas que presentan un solo candidato por puesto,
por lo que los votantes solamente tienen la opción de no votar
por algunos candidatos. Curiosamente, si una persona votara contra todos
los candidatos la boleta sería considerada nula. La información
estadística mencionada puede hallarse en http://www.granma.cubaweb.cu],
sea anulando sus boletas, votando blanco, no votando o simplemente votando
por solamente algunos de los candidatos. Y si no lo hicieron más
personas, es porque la mayoría de la población ha optado
por soluciones individuales y un intenso ejercicio de la simulación,
que no le impide participar en las demostraciones políticas a
partir de un simple cálculo de costo/beneficio [argumento sobre
esto a partir de resultados de encuestas practicadas en Cuba, en mi
artículo «Cuba, la gobernabilidad en la transición
incierta» en Los recursos de la gobernabilidad en la Cuenca del
Caribe, Nueva Sociedad, Caracas, 2002].
Esta preocupación cardinal es la que explica la desproporción
de las respuestas gubernamentales a los magros avances públicos
de la oposición. El pasado año, por ejemplo, una coalición
de pequeñas organizaciones encabezada por el democristiano Oswaldo
Payá, logró colectar 11.000 firmas de apoyo a una iniciativa
legislativa de apertura económica y política que fue finalmente
presentada al Parlamento. Este proyecto –bautizado como Proyecto
Varela– hubiera pasado sin ser conocido por la opinión
pública de no ser por la presentación que de él
hizo James Carter ante la televisión nacional durante su visita
a la isla. La respuesta inmediata del gobierno cubano fue convocar a
una reforma constitucional sometida a referéndum con voto abierto,
y que declara inmutable al régimen político cubano. Probablemente
la declaración pública antimarxista más contundente
desde los tiempos del «fin de la historia» de Francis Fukuyama.
Y por supuesto, ello también explica la desproporción
de repartir más de un milenio de cárcel entre 75 opositores
mediante procesos sumarios.
En otras palabras, no se trata de que la oposición organizada
sea fuerte. En realidad es débil, con muy poco arraigo social,
y –considerando las excepciones de rigor– oportunista e
incapaz de producir un programa coherente. Si el gobierno cubano puede
reprimirla alegremente es porque los costos internos de la tolerancia
son mayores que los de la represión. Se trata de que el sistema
político cubano es duro, pero frágil. El Estado se encuentra
en una compleja posición en la que debe atender las nuevas demandas
provenientes de los circuitos de acumulación mundial a los que
desea insertarse en un contexto geopolítico desfavorable, y al
mismo tiempo atender las demandas provenientes de la alianza social
básica del proyecto revolucionario. Y aspira a hacerlo sin renunciar
a un proyecto de poder burocrático, estatalista y centralizado
que no admite competencias y que busca infructuosamente aquello que
el propio Partido Comunista denominara en una ocasión «el
afán irreal de la unanimidad». En resumen, la principal
razón de tensión del sistema político cubano es
que impone a sus ciudadanos y ciudadanas un nivel de subordinación
en abierta contradicción con la riqueza cultural y educativa
que estas personas han adquirido en el propio proceso revolucionario.
Por lo que habría que considerar que la Revolución cubana
está sufriendo el resultado de sus propios logros y virtudes.
El siempre ardiente problema migratorio
El tratamiento al problema migratorio no es diferente. El gobierno
cubano afirma con razón que EE.UU. ha utilizado el asunto migratorio
como tema desestabilizador contra Cuba, un ejemplo de lo cual es la
Ley de Ajuste Cubano –conocida oficialmente en Cuba como la Ley
Asesina–, que otorga facilidades de entrada y residencia a los
migrantes cubanos en la consideración de que son prófugos
del comunismo. Pero remitir el incremento del flujo migratorio hacia
la Florida a la existencia de esta ley parece poco razonable. Si bien
es cierto que la Ley de Ajuste es un incentivo, no es creíble
que lo sea por sí sola como para tomar una balsa improvisada
y cruzar con ella el estrecho de la Florida bajo la codiciosa mirada
de los tiburones. Los cubanos emigran bajo las mismas motivaciones que
los dominicanos, mexicanos y salvadoreños, quienes no tienen
leyes propias de «ajustes». Y en los años 80, cuando
la sociedad cubana experimentaba crecimientos económicos notables
y una expansión del consumo individual y colectivo, los cubanos
casi no emigraban, aunque había Ley de Ajuste en sus beneficios.
También se argumenta que EE.UU. ha manipulado los acuerdos migratorios
y ha sido lento en la provisión de las 20.000 visas que debe
conceder cada año, según el acuerdo migratorio firmado
en 1994. Pudiera ser así, pero aunque el gobierno norteamericano
satisfaciera el acuerdo con lealtad puritana, ello no sería la
solución al problema. Téngase en cuenta, por ejemplo,
que en el último censo de peticionarios de visas que hizo la
Oficina de Intereses, aplicaron algo más de 700.000 personas
de un universo clasificable de algo menos de tres millones, por lo que
si EE.UU. otorgara las visas estipuladas y asumiendo que nadie más
se agregará a la lista, estas personas tardarían hasta
35 años en recibir su derecho a emigrar. No es evidentemente
un problema que se pueda resolver fusilando secuestradores y poniendo
más celo en el cuidado de las naves cubanas. Por otra parte,
ningún análisis serio sobre el tema puede desconocer que
el gobierno cubano también ha usado la migración como
un arma política contra EE.UU. u otros regímenes políticos
hostiles. El manejo de las crisis suscitadas en La Habana por la invasión
de embajadas extranjeras por parte de ciudadanos cubanos desde los lejanos
años 80, es un ejemplo de ello. Pero sobre todo el utilitarismo
que ha caracterizado al manejo gubernamental de las explosiones migratorias.
En 1994, por ejemplo, el gobierno cubano consintió una estampida
de balseros hacia la Florida con el objetivo de obligar al gobierno
de Clinton a firmar un nuevo acuerdo migratorio. Durante varios días
era posible presenciar en la costa norte occidental de Cuba cómo
zarpaban miles de endebles balsas repletas de personas con la total
anuencia de las autoridades, las mismas que unos días antes encarcelaban
a los emigrantes ilegales. Muchas de estas personas no llegaban a sus
destinos.
La migración legal no escapa de estos usos y de otros relacionados
con el control político interno. Durante mucho tiempo el gobierno
cubano prohibió casi totalmente las salidas del país por
razones privadas, argumentando imperativos geopolíticos. Esto
fue lamentable. Pero desde fines de los años 80 comenzó
a vender ese derecho a sus ciudadanos, mediante pagos astronómicos
para un bolsillo común en Cuba, lo cual es aún más
triste. Y siempre mediado por un «permiso de salida» reservado
al buen sentido de las autoridades de migración. Toda migración
está supeditada a la figura del «no retorno», de
manera que si un migrante opta por la salida «definitiva»
o permanece durante más de 11 meses en otro país, pierde
de inmediato sus derechos ciudadanos en Cuba y requiere de una visa
especial para visitar al país en que nació, por la que
debe esperar más tiempo que un ciudadano extranjero que desee
visitar Cuba. No hay una ley migratoria, de modo que todo este andamiaje
restrictivo se organiza en torno de reglamentos y disposiciones discrecionales
que convierten al potencial emigrante en alguien especialmente vulnerable.
El tema migratorio en Cuba es sumamente complejo e implica responsabilidades
de todas las partes que no son aprensibles mediante el pensamiento simple
que caracteriza a algunos análisis. Cuando menos sería
conveniente que el gobierno cubano abriera un poco las ventanas de esta
habitación saturada de humo.
Sin tiempo para quedarse
Nada de lo hasta aquí afirmado implica aceptar en cualquier
grado la legitimidad norteamericana para criticar a Cuba o para aplicar
políticas contra este país. Estados Unidos es el principal
perpetrador de violaciones de derechos humanos en el mundo y su política
de acoso es un excelente estímulo para la proliferación
de rasgos autoritarios en el sistema político cubano. Acciones
diplomáticas contra Cuba como la ya acostumbrada condena en la
Comisión de Derechos Humanos de la ONU es ilegítima e
injusta, sencillamente porque es una manipulación por parte de
EE.UU. y sus aliados para utilizar un organismo del tan vapuleado sistema
internacional para fines particulares. De igual manera, ningún
razonamiento crítico sobre la contemporaneidad cubana puede omitir
los impresionantes logros sociales y políticos alcanzados por
esa sociedad. No puede obviar el significado de la equidad social alcanzada
y de la voluntad del gobierno cubano para preservarla y para asumir
su responsabilidad universal con el bienestar de la comunidad nacional.
No puede desconocer su vocación internacionalista, que hoy se
expresa en la asistencia a numerosos países del Tercer Mundo.
No puede, en resumen, pasar por alto el escollo que para la ofensiva
capitalista mundial implica la propia existencia de una revolución
de liberación nacional y vocación socialista. Pero al
mismo tiempo, para quienes son solidarios desinteresados de ese proyecto
frente a la hostilidad de EE.UU. y sus aliados, la crítica a
sus rasgos negativos, justamente aquellos que niegan su contenido socialista,
es imprescindible, a contrapelo de los arrogantes partisanos que ven
las 30 monedas de plata en cualquier opinión diferente. No se
trata únicamente de condenar los actos represivos de esta fatal
coyuntura, sino de condenar el clima de intolerancia dogmática
que hoy caracteriza al sistema político cubano.
La suposición muy común en el discurso oficial (y oficioso)
cubano acerca de la virtual confabulación de toda crítica
con los aprestos hostiles norteamericanos y eventualmente con una agresión,
es sencillamente falsa y oportunista. En primer lugar, porque la inminencia
de una agresión militar a Cuba es un dato exagerado. En los tiempos
actuales compartir el globo terráqueo con los fanáticos
fundamentalistas que residen en la Casa Blanca siempre implica un riesgo
de exposición. Cuba afronta ese riesgo de manera amplificada
por su inclusión, desde hace ya un decenio, en la lista de países
terroristas, o más recientemente en un «eje del mal»
anunciado en uno de los excesos disléxicos del presidente norteamericano.
Pero nada indica que Cuba afronte la inminencia de una agresión
militar, ante todo por los altos costos que ello implica frente a la
magra magnitud de los beneficios. Y en este sentido Cuba no es una prioridad.
Y en segundo lugar, porque lo que sí hace a Cuba más vulnerable
en el plano internacional es la aplicación de acciones represivas
como las aquí analizadas y el continuo inmovilismo de sus sistemas
económico y político. No conozco un solo caso en que la
derecha internacional haya tenido necesidad de utilizar los argumentos
críticos de la izquierda para alcanzar un objetivo. Es como imaginar
a Krasnov y Denikin agitando los planteamientos críticos de Rosa
Luxemburgo hacia los bolcheviques para justificar la agresión
contra la Rusia soviética. Aunque sí conozco muchos en
que la derecha ha utilizado –con la habilidad de siglos que le
caracteriza– los errores prácticos de esa izquierda.
Si como afirmaba José Martí, y gusta a los cubanos proclamar
con justificado orgullo, quien se levanta con Cuba se levanta con el
mundo, entonces habría que aceptar que se trata de un compromiso
que tiene que trascender los apegos carismáticos, los consuelos
ideológicos y los pensamientos simples. No creo que alguien tenga
respuestas inequívocas para los problemas de la sociedad cubana
contemporánea, y que esta coyuntura ha condensado de manera realmente
cruel. Pero estoy seguro de que ninguna solución provendrá
del pensamiento simple que motiva por igual la retirada de Saramago
y el impenitente acompañamiento de Petras. Debe provenir de toda
la sociedad, de un debate democrático y soberano que solamente
corresponde hacer a los cubanos. Recordando una oración de un
antiguo himno emancipatorio: «sin César, ni burgués,
ni rey».
Santo Domingo, mayo de 2003
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